En los ojos de papá

Apoyado en sus puños y pies, Nicolás se encorvó como un gorila delante de Catalina, dándole la espalda. Ella pasó sus brazos alrededor del cuello de él y se colgó. Como un solo animal, caminaron por metros hasta llegar a la habitación. Nicolás se sentó en el borde de la camilla y se colgó de un arco metálico que caía del techo. Catalina se colgó de sus brazos. Minutos después nació León.

“Estoy ansioso. Te espero con tantas ganas desde antes de que existieras, que entender que solo faltan horas para conocerte tiene mis expectativas y mi cuerpo en niveles que desconocía. Estoy sentado en la cama. Al frente, tu mamá, en polera y calzón, sobre una pelota. Las contracciones comenzaron hace 4 horas, pero tu madre es calma, no alardea y se comunica a través de un apretón de manos de algunos segundos para advertirme cuando vienen. 20 minutos. Otra advertencia. La frecuencia se mantiene. El tiempo lo mido con el reloj del celular. La intensidad, en las expresiones faciales de tu madre. Gime. Me olvidó de la hora y empiezo a entregarme al momento. Todo va a salir bien, estamos muy tranquilos. Tu mamá se levanta y deambula a ratos por nuestro departamento. Una habitación, un baño. Un living y comedor que se conectan. Nuestro refugio está tibio. En la pieza, armamos un pequeño altar con una lámpara. A su alrededor, y pegadas a la pared, fotografías de tus ecografías y frases como ‘ábrete a la vida’, ‘siente’, ‘relájate’, ‘el dolor es mental’. Pusimos frutos secos, fruta picada y agua. Tu mamá vuelve a la pelota. Respira, cierra los ojos y aprieta mis manos, que se posan sobre sus piernas. Respira de nuevo, esta vez con sonidos, con leves gemidos. ‘Aaaaaaaaaaaa…’, suelta, emulando algo así como un mantra. Masajeo sus piernas, su espalda, su cabeza.

Son las 10 de la noche. Llamo a Beatriz, tu abuela materna. Habíamos decidido que ella participaría. Ella sabía que estaba incluida en nuestro plan de parto. Esto, en gran parte, porque anhelábamos su compañía y queríamos resignificar sus cuatro partos por cesárea, en los cuales se le durmieron las piernas o tiene episodios que incluso no recuerda. Ella aceptó de inmediato.

Tu mamá fue una mamá de libro. ‘Al mes tres vas a dejar de tener náuseas’, dejaba de tener náuseas. ‘Al mes tanto se va a empezar a caer la guata’, pum, se le caía la guata. Impresionante. Podíamos leer perfectamente el parto, sabíamos que este era el momento. Llega tu abuela. Estoy desgastado. Salgo a la cocina y ella entra, tu mamá aún en la pelota. Estoy nervioso, emocionado, acelerado. Me focalizo, sabía que no podía cagarla. Lo había aprendido en los talleres que hicimos junto a tu mamá en la clínica de Los Andes. La adrenalina aceleraba las hormonas y eso podía detener el parto. Tengo que estar relajado, tener buena energía. Salgo al balcón y doy una vuelta sin sentido. Aún no le hemos contado a nadie. Tu mamá está con tu abuela en la pieza. Entro y puedo advertir cuan protegida se siente porque ella esté ahí. Somos un trío dinámico.

Son las 12 de la noche. Tu mamá está apoyada frente a la cómoda que será tu mudador. Pone las manos sobre ella y gime otra vez. ‘Mmmmmmmmm…’. Ya no se siente cómoda estando sentada. La vocalización es constante. 50 segundos. ‘Mmmm… aaaaa… mmm…’. ‘Esta huea’ es impresionante’, pensé. Tu mamá aguanta y aguanta. Termina la contracción. ‘Vamos excelente, queda poco, tú puedes’, le repito. Ya manejamos el tiempo entre una y otra. Tu abuela y yo la apapachamos, mientras nos preparamos para la siguiente contracción. Constanza, la doula, está aquí. Nos llamó a tu abuela y a mí al living y nos dijo: ‘necesito que antes de que Cata pida algo, ustedes lo hayan hecho. Si mueve la boca, acercarle un vaso de agua. Si se levanta el pelo, tiene calor. Que no tenga que pedir nada, que podamos leer sus señales’.

Son la 1 de la mañana. Constanza trajo unas compresas y un agua de lavanda. Constanza calentó las compresas y yo fui a llenar la tina. Tu mamá estaba sobre su mat de yoga, en cuatro patas, cual mamífera. Me preocupo de que el agua no esté muy caliente, tu mamá es acalorada. Constanza hierve el agua de lavanda y lo echa en la tina. Ese olor se mantuvo en nuestro refugio durante una semana. Apagamos las luces del baño, prendemos velas y tu mamá entra a la tina, desnuda. Por fuera me arrodillo a su lado, tomo un vaso y le echo agua en la espalda. Gime, los gestos de su cara cambian. Sus ruidos tienen un ritmo. Pone una pierna sobre el borde de la tina, la baja. Luego se para. Está incómoda. Son las 2 de la mañana. Percibo que el dolor comienza a ser más insoportable. Está ofuscada, no sabe cómo ponerse. Elige estar en cuatro patas. Las vocalizaciones son fuertes. Me paro frente a ella y paso mis manos por su espalda. Constanza me pide que le abra la cadera con fuerza. ‘Aaaaaaaaaaaaa…’. Sus vocalizaciones son extremas, son un poco más gritadas. Tu madre mueve la cadera a la derecha y a la izquierda. Han pasado tres contracciones desde que tu mamá salió de la tina, no hemos realizado ningún tacto, no sabemos cuántos centímetros de dilatación hay. Solo la hemos observado. A las dos y media de la madrugada Constanza le pregunta a tu mamá si quiere irse a la clínica y ella accede.

Cubierta con una polera de algodón que deja ver sus brazos y piernas, tu mamá se sube al auto. Yo y tu abuela nos unimos. Ella maneja, mientras yo acompaño a tu mamá en los asientos traseros. Ella va hincada, mirando hacia atrás, pegando con fuerza su frente al apoya cabeza. Las calles están vacías. Los semáforos se convierten en un desafío. Ahora tu mamá golpea levemente el apoya cabeza con su frente. Está encorvada. León, vienes bajando. Cata grita. ‘Rompí bolsa. Esta huea’ es maravillosa, viene León, exquisito, estoy hirviendo’, suelta tu mamá. Le pido a tu abuela que se apure, que acelere.

Estamos en Urgencias y tu mamá está en plena contracción. No quiere que le traigan una silla de ruedas, no puede sentarse, quiere caminar. ‘Necesito apoyarme’, pide. Me encorvo delante de ella, como un gorila. Ella pasa sus brazos alrededor de mi cuello y se cuelga, va encima de mi espalda. Avanzamos 20 metros y quiere irse al suelo. Grita, inspira, espira, grita. Ya no es un humano, es un animal.

Estamos en la pieza, Cata esta sobre un mat en cuatro patas, otra vez. Es un gorila. Me saco la polera y me pongo a su lado, con los brazos firmes y las manos empuñadas. Estoy contigo. Ella se abraza en mí. Divisa un arco que cuelga del techo y nos trasladamos hasta allí. Me siento en la punta de la camilla y ella está, apenas sentada, delante de mí. Me cuelgo del arco y ella se cuelga de mí. Siento la fuerza desbandada que ejerce sobre mis brazos. Pasa la contracción y ella tirita. Vocaliza como en un llanto. Está en diez de dilatación. Constanza, la doula, también está allí. ‘Cata, puja, se viene’, le dice. Primer pujo. Te escucho llorar, León. Segundo pujo. Estás aquí, sobre el pecho de tu madre. Nos miras de reojo. Lloro como un niño, sin control. 03:37 de la madrugada, dos kilos setecientos cincuenta gramos, 49 centímetros, y aquí estás mamando. Y ahí estás tú, Cata, y yo enamorándome de nuevo”.