A los 16 en soledad, a los 30 en compañía

Karen Pincheira (31), estudiante de Diseño de Vestuario, y Juan Raddatz (33), ejecutivo de ventas. Nacimiento de León, 30 de agosto de 2016.

Este testimonio es parte del reportaje Mamífera, publicado en Paula.cl el 27 de julio de 2017.
Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Roxana Ramírez (http://www.fotoroxanaramirez.com)

La primera vez que Karen y Juan fueron padres, con otras parejas, tenían 16 y 20 años respectivamente. Karen llegó a las 11 de la mañana, de 36 semanas y seis de dilatación al hospital, y hasta que nació su hijo Demian (15), a las 3 de la tarde, recuerda que las enfermeras y matronas le dijeron frases como ‘no te gustó hacer cosas de grande’ o ‘grita si quieres que te atiendan’, mientras doctores y estudiantes en práctica le realizaban tactos sin su consentimiento. Tuvo un parto normal, de pocas contracciones y dolor. “Recuerdo que tiritaba de frío y miedo. Demian no venía en posición, entonces lo dieron vuelta con la mano. Eso duele. Lloré durante el resto del parto, sentía que estaba en un infierno”, recuerda. Juan, por su parte, no pudo involucrarse demasiado en el de su hijo Benjamín (13): estuvo atrás de la mamá, sentado, acompañó a la enfermera a que limpiaran a su hijo y luego lo dejaron tomarlo solo un rato.

“Recuerdo que tiritaba de frío y miedo. Demian no venía en posición, entonces lo dieron vuelta con la mano. Lloré durante el resto del parto, sentía que estaba en un infierno”

Cuando tenían cinco meses de embarazo de León, Karen y Juan buscaron una matrona particular y evaluaron la posibilidad de tenerlo en la casa: debía nacer entre la semana 37 y 40, y asistir a cinco consultas particulares con la matrona y tres ecografías. Fueron a un taller de parto, hacían semanalmente ejercicios de respiración y compraron un doppler para escuchar sus latidos. Karen complementó su embarazo con flores de Bach, medicina natural y jarabes de zinc y calcio. “Tener a León fue como ser padres primerizos”, recuerda Karen. Semana 39, 1 de la tarde, Karen rompe bolsa. Cinco horas más tarde, después de monitorearse en el hospital, Karen tomó una sopa, durmió y se duchó. Juan registraba el tiempo entre contracciones y procuraba que no faltaran velas ni flores. Jacuzzi inflado, el agua a 37 grados. En la casa: Juan, Demian, los padres y dos hermanos de Karen y dos amigas. “Parir así, calentita y protegida por un escudo familiar, un pequeño acuario. Siento un dolor muscular en la espalda baja y me meto al jacuzzi. Mi cuerpo se mueve de un lado a otro, como un pez. Me cuelgo del borde con la guata hacia abajo. Me encorvo hacia arriba y hacia abajo. Repito. Pelvis arriba, pelvis abajo. Inhalación y espiración fuerte. Por fuera del jacuzzi, Juan me toma la mano y mis amigas se sientan en silencio. Con cada contracción siento que no lo voy a lograr. Mis dos matronas, Mónica y Giselle, ya están aquí. Estoy lista para pujar. Mi mamá en la cocina, mi papá con la cabeza fría y el auto listo por cualquier emergencia. 5 A.M. Pujo sin pensar. Esto es lo más loco que he hecho en mi vida. Pujo. Fui como mis gatas, busqué mi lugar. Pujo. Grito. Mis huesos se expanden. Quiero llorar, me voy a morir. León ya está aquí. Apego.

Por fuera del jacuzzi, Juan me toma la mano y mis amigas se sientan en silencio. Con cada contracción siento que no lo voy a lograr. Mis dos matronas, Mónica y Giselle, ya están aquí. Estoy lista para pujar.

Demian acompaña a Giselle a tomar los datos de su altura, peso y signos vitales, y esperan juntos la placenta, para estamparla con pintura sobre una cartulina. Mónica y Juan me ayudan a salir del jacuzzi, ponen sobre mí una bata suave y calentita, me acuesto en mi cama. Veo entrar a Demian, mis padres y hermanos, mis amigas, Juan… León”.

Fotografía - Roxana Ramírez (2)
Fotografía: Roxana Ramírez (http://www.fotoroxanaramirez.com).