Familia de parto

Marisol Larraín (42), fitoterapeuta, doula y partera, y Alejandro Astorga (52), guía de rafting, leñador y podador de altura. Nacimiento de Alelí, 7 de octubre de 2014.

Este testimonio es parte del reportaje Mamífera, publicado en Paula.cl el 27 de julio de 2017. 
Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: archivo personal de Marisol Larraín.

“Mi baño se conecta a través de una puerta corrediza con mi pieza. Está abierta de par en par y allí, sobre mi cama están Canela (25), Indra (19), Amanda (17), Lautaro (15), Alma (7) y Altán (5), nuestros hijos. Todos en silencio esperan a que llegue su hermana, Alelí, a las 41 semanas. Son las cuatro de la tarde y se retiraron antes del colegio para estar aquí, todos calladitos, escuchando, esperando. Canela cose las compresas, Alma está a cargo del agüita de hierbas e Indra será quien recibirá a su hermana. Mis contracciones están avanzadas. Mi cuerpo se dobla. Respiro. Puedo controlar el dolor, lo he hecho con mis cuatro hijos anteriores, que han nacido por parto natural, en mi casa en el Cajón del Maipo. Espontáneamente Alma (en la foto de 5 años) se acerca a la tina y me pasa las agüitas, mientras me hace masajes y acaricia mi pelo. Luego, con un vaso, me echa agua caliente en la espalda. Mi pequeña doula. Las contracciones son fuertes y muy dolorosas. Les pido a mis hijos que se retiren, quiero pujar. Alejandro, mi pareja, pasa sus brazos por debajo de los míos y me levanta. Cuelgo de sus brazos, con las piernas abiertas y el agua hasta las rodillas. Silencio. ‘Creo que viene con cordón’, me dice Ale. Me hago un tacto. Mientras respiro, meto mi mano entre el cuello y el cordón de Alelí, y suavemente lo voy soltando. Sale. Grito como una guerrera. Veo las cabezas de mis hijos asomarse por el costado de un clóset, una arriba de la otra, como enanitos. Nací en un parto triste, frío, de violencia y malos tratos. En una sala sin espacio, donde mi mamá compartió camilla con otra madre y en la de al lado yacía una mujer que había abortado. Lo reivindico. Doy vida en un relajo colectivo, donde nadie está alarmado, cada uno tiene su tarea, y nos comunicamos sin hablar”.