60 horas

Entre la primera contracción de Romina (XX) y el nacimiento de Maika, Romina estuvo a ratos en la tina, su marido masajeo su espalda, prepararon comida, vieron una película, durmieron, prendieron velas y rezaron. Ella le leyó a él una carta, en la que le pedía confianza en su cuerpo y protagonismo durante el parto.

*Este testimonio fue publicado originalmente el 27 de julio de 2017 en Paula.cl, como parte del reportaje visual Mamífera (leer reportaje).

“Siete meses de embarazo y mientras más leo menos me convence mi equipo médico y más me entusiasma la idea de un parto respetado. Surgen preguntas: ‘¿es obligación la episiotomía?, ¿podré esperar a las 42 semanas o a las 38 me apurarán?, ¿en qué momento te ponen la anestesia?, ¿me preguntarán?’. En la clínica, la respuesta siempre es la misma: ‘depende, hay protocolos, decisiones de equipos médicos’. Mi parto depende de todos, menos de mí. A la semana 37 nos arriesgamos y cambiamos de ginecólogo y matrona, e incluimos una doula.

40 semanas y 5 días, es jueves por la noche y tengo mi primera contracción. Estoy recostada en mi cama junto a Iver. La ignoro y duermo. 4 horas después me despiertan contracciones avanzadas, son cada 5 minutos y a mayor luz de día, más espaciadas se vuelven una de otra. Cada 10, cada 20, cada 25 minutos. Misma intensidad, menor frecuencia.

Viernes por la tarde. Tengo un sangrado leve. Nos reunimos con Nancy, mi matrona, en la clínica y me dice que es normal. Tengo 3 de dilatación y contracciones cada 20 minutos. Volvemos a la casa, comemos rico y vemos una película. Le leo una carta a mi marido, donde le pido confianza en mi cuerpo, protagonismo, discreción con nuestro entorno y sinceridad, si la situación lo sobrepasa. 15 minutos de descanso, me paro y me pongo frente a la pared, con las manos apoyadas y mi cadera meciéndose de derecha a izquierda. Miro hacia abajo, siento que mi panza está cada vez más grande. Así me paso la noche.

Sábado por la mañana. Llevo dos noches sin dormir. Llega mi doula, Javiera, y nos acompaña a tomar desayuno. Contracción. Le enseña algunos masajes a Iver, él repite. Javiera nos sugiere simular la noche, donde, con menos luz, mis contracciones se aceleran. Iver tapa todas las ventanas con frazadas, enciende velas y rezamos juntos. Javiera llena la tina y me meto. Punto de inflexión. Contracción cada 5, cada 4, cada 3 minutos. La forma y espacio de la tina me incomoda. Me pongo de pie, apoyo mis manos sobre la muralla, posición fetal, sobre la pelota. No encuentro una postura. Empiezo a familiarizarme con las contracciones, soy consciente de que tienen un inicio y un fin.

Sábado por la noche. Mi ansiedad le gana a mi cuerpo y visualizo el momento expulsivo. Son las 4 de la mañana, han pasado demasiadas horas. Nos vamos a la clínica. Tengo 7 de dilatación, pero la sala de parto está ocupada. El dolor se hace insoportable. Javiera me susurra al oído: ‘no te desesperes, esto es normal, confía en tus capacidades’. Me siento en el piso, junto las plantas de mis pies y tomo aire. A medida que transcurre la contracción boto lenta y continuamente.

Domingo, 7 de la mañana. Llega Nancy, mi matrona particular, y me trasladan a la sala de parto. Me meto a la piscina de agua caliente, pero esta vez no pasa nada. Tengo dilatación completa, pero Maika no está encajada. Entra el ginecólogo de turno. ‘Vamos a tener que hacer que esta cosa avance’, dice. Accedo a la oxitocina –que inducirá mi parto- y mientras se incorpora a mi cuerpo, siento cómo mis movimientos se tornan agresivos, anormales. Maika no quiere salir.

Fotografía - Claudia Paz
Fotografía – Claudia Paz

El doctor interviene de nuevo. Ahora sugiere romper membrana. No tengo fuerzas para decir que no, lloro sin parar. Tengo contracciones de oxitocina artificial, sin anestesia y estoy acostada. ‘Si no advertimos avances, vas a tener que considerar una cesárea’, lanza el doctor. Un balde de agua fría. ‘No me esforcé cuatro días para terminar en una cesárea. No lo acepto, no lo quiero. Mi abuela paterna tuvo 12 partos y mi abuela materna seis, todos naturales, ¿cómo no voy a poder?’. Los latidos de Maika están perfectos y yo me levanto de la camilla para hacer unos ejercicios con cuerdas que facilitaran su posición. Vomito. Pido la epidural. Estoy consciente de que este es el último intento y sé que voy a lograrlo. Sentada en la punta de la camilla, con los pies colgando, y Javiera e Iver a cada lado, pujo. 10 minutos, 4 pujes. Viene su cabeza. Euforia. Pesaje. No me separo de ti”